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Agradecemos a Óscar Ramos el envío de estos textos.
 
Textos clásicos
 
TRAGEDIA DE LOS CABALLOS LOCOS
 
A Marc Granell
 
Dentro de los oídos, ametralladamente, escucho los tendicos galopes de caballos, de almifores perdidos en la noche. Levantan polvo y viento, al golpear el suelo sus patas encendidas, al herir el aire sus crines despeinadas, al tender como sábanas sus alientos de fuego. Lejanos, muy lejanos, ni la muerte los cubre, desesperan de furia hundiéndose en el mar y atravesándolo como delfines vulnerados de tristeza. Van manchados de espuma con sudores de sal enamorada, ganando las distancias y llegan a otra playa y al punto ya la dejan, luego de revolcarse, gimientes, después de desnudarse las espumas y vestirse con arena. De pronto se detienen. Otra pasión los cerca. El paso es sosegado, y sin embargo inquieto, los ojos coruscantes, previniendo emboscadas. El líquido sudor que los cubría se ha vuelto de repente escarcha gélida. Arpegian sus cascos al frenar el suelo que a su pie se desintegra. Ahora han encontrado de siempre, sí, esperándoles, las yeguas que los miran. Ya no existe más furia ni llama que el amor,la dicha de la sangre, las burbujas amorosas que resoplan al tiempo que montan a las hembras. Y es entonces el trepidar de pífanos,el ruido de cornamusas, el musical estrépito que anuncia de la muerte la llegada. Todos callan. Los dientes se golpean quedándose soldados. Oscurece. La muerte los empaña, ellos se entregan y súbito, como en una caracola fenecida, en los oídos escucho un desplomarse patas rabiosas, una nube de polvo levantado por crines, un cataclismo de huesos que la noche se encarga de enviar hacia el olvido.
  Jaime Siles  Canon |
 
I
  Recuerde el alma dormida
    Recuerde el alma dormida,        avive el seso y despierte        contemplando        cómo se pasa la vida,        cómo se viene la muerte        tan callando,            cuán presto se va el placer,        cómo, después de acordado,        da dolor         cómo, a nuestro parecer,        cualquiera tiempo pasado        fue mejor.       
II
  Pues si vemos lo presente
        Pues si vemos lo presente        cómo en un punto se es ido        y acabado,        si juzgamos sabiamente,        daremos lo no venido        por pasado.     
      No se engañe nadie, no,        pensando que ha de durar        lo que espera        mas que duró lo que vio,        pues que todo ha de pasar        por tal manera.   
 
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¿Qué se hizo el Rey Don Juan? |
 
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Los Infantes de Aragón |
 
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¿qué se hicieron? |
 
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¿Qué fue de tanto galán, |
 
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qué de tanta invención |
 
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que trajeron? |
 
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¿Fueron sino devaneos, |
 
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qué fueron sino verduras |
 
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de las eras, |
 
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las justas y los torneos, |
 
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paramentos, bordaduras |
 
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Jorge Manrique Coplas a la muerte de su padre
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Las casas abandonadas son de todos los que las vemos al pasar. Nos hablan desde su orilla extraña los jardines en que abundan las zarzas la memoria es una herida en la maleza y, quieta, flota la niebla del pasado. Al borde, al borde mismo del camino, en esa pequeña encrucijada en que el semáforo siempre obliga a parar, está la casa, revestida de harapos, en silencio: la casa abandonada en la penumbra, con sus verjas cansadas que se apoyan igual que dos ancianas, una en otra. Dentro, en la oscuridad, hay un espejo que brilla inmóvil, frío, muy extraño, como un recién nacido o como un muerto que se acabase de morir y nadie sabe explicarse qué hace allí, qué hace colgado en la pared y recogiendo en su rostro de plata, inexpresivo, la luz de fuera y el hedor de dentro. Delante de la casa, ajenos, pasan los coches a diario y el azogue va reflejando sus siluetas, sombras desatinadas ya,pues no hay memmoria, no hay nadie en el espejo, ni en la casa: no hay nadie que conserve o que mantenga, que impulse o que genere, que produzca frutos dulces o amargos. Y comienzan las dunas del desierto en esta casa abandonada que mantiene aún, en pie, su corpulencia y está ciega. Ciega y sin alma ya, ciega y sin gente, derribadas sus puertas y expedito para la lluvia el paso y para el tiempo. Y hay un boquete en el tejado, un hueco por el que llueve dentro y al que asoman las vigas quebrantadas mientras llueve. Y llueve siempre fuera y llueve dentro y llueve dentro de la casa y llueve. Y habrá quien, al pasar, pregunte dónde, dónde y por qué y de qué manera y cuándo y qué hace aquí esta casa, abandonada, dejada así morir, mientras se pierde para siempre su aroma. Dónde están los hijos de estos muertos, qué perjurio se ha cometido aquí, qué sacrilegio, cuánta infidelidad, qué desmemoria. Y detrás de la puerta se oye el ruido del desierto incansable que amontona arena en sus carruajes para el día del asalto final, cuando la casa, por fin, se venga abajo, para cuando se hunda, como un buque, sin dejar ni el más mínimo rastro en la perfecta superficie del mar, ancha, brillante.
 
Manuel Ballesteros    Las casas abandonadas,   Algaida Editores, 2003
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Miré los muros de la patria mía, si un tiempo fuertes, ya desmoronados, de la carrera de la edad cansados, por quien caduca ya su valentía. Salíme al campo vi que el sol bebía los arroyos del yelo desatados, y del monte quejosos los ganados, que con sombras hurtó su luz al día.
 
Entré en mi casa vi que, amancillada, de anciana habitación era despojos mi báculo, más corvo y menos fuerte.
 
Vencida de la edad sentí mi espada, y no hallé cosa en que poner los ojos que no fuese recuerdo de la muerte.
 
F. de Quevedo      Salmo
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En medio                                                              de la cruel retirada de las cosas    precipitándose en desorden hacia    la nada y la ceniza,    mi corazón naufraga en la zozobra    del destino del mundo que lo cerca.    ¿Adónde va ese viento y esa luz,    el grito    de la roja amapola inesperada,    el canto de las grises    gaviotas de los puertos?        ¿Y qué ejército es ese que me lleva    envuelto en su derrota y en su huida    -fatigado rehén, yo, prisionero    sin número y sin nombre, maniatado    entre escuadras de gritos fugitivos-      hacia la sombra donde van las luces,    hacia el silencio donde la voz muere. 
 
Ángel González        Sin esperanza, con convencimiento |
 
Aquel tiempo                                                              no lo hicimos nosotros       él fue quien nos deshizo.        Miro hacia atrás.    ¿Qué queda    de esos días?    Restos,    vida quemada,    nada.        Historia: escoria
  Ángel González      Prosemas o menos |
 
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Texto enviado por Òscar Pérez Silvestre
De la brevedad engañosa de la vida
Menos solicitó veloz saeta destinada señal, que mordió aguda agonal carro por la arena muda no coronó con más silencio meta,
que presurosa corre, que secreta, a su fin nuestra edad. A quien lo duda, fiera que sea de razón desnuda, cada Sol repetido es un cometa.
¿Confiésalo Cartago, y tú lo ignoras? Peligro corres, Licio, si porfías en seguir sombras y abrazar engaños.
Mal te perdonarán a ti las horas: las horas que limando están los días, los días que royendo están los años.
Luis de Góngora
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Texto enviado por Òscar Pérez Silvestre
Soneto XI
Veré al tiempo tomar de ti, señora, por mí venganza, hurtando tu hermosura veré el cabello vuelto en nieve pura, que el arte y juventud encrespa y dora y en vez de rosas, con que tiñe ahora tus mejillas la edad, ay, malsegura, lilios sucederán en la madura, que el pesar quiten y la envidia a Flora. Mas cuando a tu belleza el tiempo ciego los filos embotare, y el aliento a tu boca hurtare soberana, bullir verás mi herida, arder el fuego: que ni muere la llama, calmo el viento ni la herida, embotado el hierro, sana.
Francisco de Medrano (1570-1607)
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Texto enviado por Òscar Pérez Silvestre
A la rosa
Pura, encendida rosa, émula de la llama que sale con el día, ¿cómo naces tan llena de alegría si sabes que la edad que te da el cielo es apenas un breve y veloz vuelo, y ni valdrán las puntas de tu rama, ni púrpura hermosa a detener un punto la ejecución del hado premurosa? El mismo cerco alado que estoy viendo rïente, ya temo amortiguado, presto despojo de la llama ardiente. Para las hojas de tu crespo seno te dio Amor de sus alas blandas plumas, y oro de su cabello dio a tu frente.
¡Oh fiel imagen suya peregrina!. Bañóte en su color sangre divina de la deidad que dieron las espumas y esto, purpúrea flor, esto ¿no pudo hacer menos violento el rayo agudo?. Róbate en una hora, róbate licencioso su ardimiento el color y el aliento. Tiendes aún no las alas abrasadas y ya vuelan al suelo desmayadas. Tan cerca, tan unida está al morir tu vida, que dudo si en sus lágrimas la Aurora mustia, tu nacimiento o muerte llora.
Francisco de Rioja (1583-1639)
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Texto enviado por Òscar Pérez Silvestre
Del transcurso
Miro hacia atrás, hacia los años, lejos, y se me ahonda tanta perspectiva que del confín apenas sigue viva la vaga imagen sobre mis espejos. Aun vuelan, sin embargo, los vencejos en torno de unas torres, y allá arriba persiste mi niñez contemplativa. Ya son buen vino mis viñedos viejos. Fortuna adversa o próspera no auguro. Por ahora me ahínco en mi presente, y aunque sé lo que sé, mi afán no taso. Ante los ojos, mientras, el futuro se me adelgaza delicadamente, más difícil, más frágil, más escaso.
Jorge Guillén. Clamor, 1960
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Texto enviado por Òscar Pérez Silvestre
Adolescencia
Vinieras y te fueras dulcemente, de otro camino
a otro camino. Verte, y ya otra vez no verte. Pasar por un puente a otro puente. -El pie breve, la luz vencida alegre-, Muchacho que sería yo mirando aguas abajo la corriente, y en el espejo de tu pasaje fluir, desvanecerse.
Vicente Aleixandre. Ámbito, 1928
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Texto enviado por Òscar Pérez Silvestre
Pensamientos finales
Nació y no supo. Respondió y no ha hablado.
Las sorprendidas ánimas te miran cuando no pasas. El viento nunca cumple. Tu pensamiento a solas cae despacio. Como las fenecidas hojas caen y vuelven a caer, si el viento las dispersa. Mientras la sobria tierra las espera, abierta. Callado el corazón, mudos los ojos, tu pensamiento lento se deshace en el aire. Movido suavemente. Un son de ramas finales, un desvaído sueño de oros vivos se esparce... Las hojas van siendo.
Vicente Aleixandre. Poemas de la consumación, 1968
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Texto enviado por Òscar Pérez Silvestre
Amor
¡Primavera feroz! Va mi ternura por las más hondas venas derramada, fresco hontanar, y furia desvelada, que a extenuante pasmo se apresura. ¡Oh qué acezar, qué hervir, oh, qué premura de hallar, en la colina clausurada, la llaga roja de la cueva helada, y su cura más dulce, en la locura!
¡Monstruo fugaz, espanto de mi vida, rayo sin luz, oh tú, mi primavera, mi alimaña feroz, mi arcángel fuerte! ¿Hacia qué hondón sombrío me convida, desplegada y astral, tu cabellera? ¡Amor. amor, principio de la muerte!
Dámaso Alonso. Oscura noticia, 1944
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Texto enviado por Òscar Pérez Silvestre
Alba rápida
¡Pronto, deprisa, mi reino, que se me escapa, que huye, que se me va por las fuentes!
¡Qué luces, qué cuchilladas sobre sus torres enciende! Los brazos de mi corona, ¡qué ramas al cielo tienden! ¡Qué silencios tumba el alma! ¡Qué puertas cruza la Muerte! ¡Pronto, que el reino se escapa! ¡Qué se derrumban mis sienes! ¡Qué remolino en mis ojos! ¡Qué galopar en mi frente! ¡Qué caballos de blancura mi sangre en el cielo vierte! Ya van por el viento, suben, saltan por la luz, se pierden sobre las aguas... Ya vuelven redondos, limpios, desnudos... ¡Qué primavera de nieve!
Sujetadme el cuerpo, ¡pronto!, ¡que se me va!, ¡que se pierde su reino entre mis caballos!, ¡que lo arrastran! , ¡que lo hieren! ¡que lo hacen pedazos, vivo, bajo sus cascos celestes ! ¡Pronto, que el reino se acaba!
¡Ya se le tronchan las fuentes! ¡Ay, limpias yeguas del aire! ¡Ay, banderas de mi frente! ¡Qué galopar en mis ojos! Ligero, el mundo amanece...
Emilio Prados. Cuerpo perseguido, 1971
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Texto enviado por Òscar Pérez Silvestre
La brevedad de la hermosura
La mocedad del año, la ambiciosa vergüenza del jardín, el encarnado oloroso rubí, Tiro abreviado, también del año presunción hermosa la ostentación lozana de la rosa, deidad del campo, estrella del cercado el almendro, en su propia flor nevado, que anticiparse a los calores osa, reprehensiones son, ¡oh Flora!, mudas de la hermosura y la soberbia humana, que a las leyes de flor está sujeta. Tu edad se pasará mientras lo dudas de ayer te habrás de arrepentir mañana, y tarde y con dolor serás discreta.
F. de Quevedo (1580-1640)
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Texto enviado por Òscar Pérez Silvestre
De paso
Decir espera es un crimen, decir mañana es igual que matar, ayer de nada nos sirve, las cicatrices no ayudan a andar.
Sólo morir permanece como la más inmutable razón, vivir es un accidente, un ejercicio de gozo y dolor.
Que no, que no, que el pensamiento no puede tomar asiento, que el pensamiento es estar
siempre de paso, de paso, de paso...
Quien pone reglas al juego se engaña si dice que es jugador, lo que le mueve es el miedo de que se sepa que nunca jugó.
La ciencia es una estrategia, es una forma de atar la verdad que es algo más que materia, pues el misterio se oculta detrás.
Hay demasiados profetas, profesionales de la libertad, que hacen del aire, bandera, pretexto inútil para respirar.
En una noche infinita que va meciendo a este gran ataúd donde olvidamos que el día sólo es un punto, un punto de luz.
Luis E. Aute
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Texto enviado por Òscar Pérez Silvestre
El tiempo pasa
El tiempo pasa y nos vamos poniendo viejos y el amor no lo reflejo como ayer. Y en cada conversación, cada beso, cada abrazo, se impone siempre un pedazo de razón.
Pasan los años y cómo cambia lo que yo siento, lo que ayer era amor se va volviendo otro sentimiento. Porque años atrás, tomar tu mano, robarte un beso, sin forzar un momento, formaban parte de una verdad.
El tiempo pasa y nos vamos poniendo viejos y el amor no lo reflejo como ayer. Y en cada conversación, cada beso, cada abrazo, se impone siempre un pedazo de razón.
Vamos viviendo viendo las horas que van muriendo, las mismas discusiones se van perdiendo entre las razones. A todo dices que sí, a nada digo que no, para poder construir la tremenda armonía que pone viejos los corazones.
Porque el tiempo pasa, nos vamos poniendo viejos y el amor no lo reflejo como ayer. Y en cada conversación, cada beso, cada abrazo, se impone siempre un pedazo de razón...
Pablo Milanés
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Texto enviado por Òscar Pérez Silvestre
NO VOLVERÉ A SER JOVEN
Que la vida iba en serio
uno lo empieza a comprender más tarde
-como todos los jóvenes, yo vine
a llevarme la vida por delante.
Dejar huella quería
y marcharme entre aplausos
-envejecer, morir, eran tan sólo
las dimensiones del teatro.
Pero ha pasado el tiempo
y la verdad desagradable asoma:
envejecer, morir,
es el único argumento de la obra.
Jaime Gil de Biedma (1929-1990)
"
Poemas póstumos" 1968
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Texto enviado por Leonardo Barragán
Pasatiempo
Cuando éramos niños
los viejos tenían como treinta
un charco era un océano
la muerte lisa y llana
no existía.
Luego cuando muchachos
los viejos eran gente de cuarenta
un estanque un océano
la muerte solamente
una palabra.
Ya cuando nos casamos
los ancianos estaban en cincuenta
un lago era un océano
la muerte era la muerte
de los otros.
Ahora veteranos
ya le dimos alcance a la verdad
el océano es por fin el océano
pero la muerte empieza a ser
la nuestra.
Mario Benedetti.
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Texto enviado por Ángel Gago Condado
¡Fue sueño ayer mañana será tierra! ¡Poco antes, nada y poco después, humo! ¡Y destino ambiciones, y presumo apenas punto al cerco que me cierra!
Breve combate de importuna guerra, en mi defensa soy peligro sumo y mientras con mis armas me consumo, menos me hospeda el cuerpo, que me entierra.
Ya no es ayer mañana no ha llegado hoy pasa, y es, y fue, con movimiento que a la muerte me lleva despeñado.
Azadas son la hora y el momento, que, a jornal de mi pena y mi cuidado, cavan en mi vivir mi monumento.
Fco. de Quevedo. |
 
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Texto enviado por Ángel Gago Condado
Vivir es caminar breve jornada y muerte viva es, Lico, nuestra vida, ayer al frágil cuerpo amanecida, cada instante en el cuerpo sepultada:
nada, que, siendo, es poco, y será nada en poco tiempo, que ambiciosa olvida, pues, de la vanidad mal persuadida, anhela duración, tierra animada.
Llevada de engañoso pensamiento y de esperanza burladora y ciega, tropezará en el mismo monumento,
como el que, divertido, el mar navega, y, sin moverse, vuela con el viento, y antes que piense en acercarse, llega.
Fco. de Quevedo |
 
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Texto enviado por Ángel Gago Condado
Huye sin percibirse, lento, el día, y la hora secreta y recatada con silencio se acerca, y despreciada, lleva tras sí la edad lozana mía.
La vida nueva, que en niñez ardía, la juventud robusta y engañada, en el postrer invierno sepultada, yace entre negra sombra y nieve fría.
No sentí resbalar mudos los años hoy los lloro pasados, y los veo riendo de mis lágrimas y daños.
Mi penitencia deba a mi deseo, pues me deben la vida mis engaños, y espero el mal que paso, y no le creo.
Fco. de Quevedo. |
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