Roces ¿involuntarios?
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Textos clásicos

 

  Su conversación se hizo tan calurosa, conforme iban y venían los platos a la luz de las velas y las copas de vino volvían a llenarse rítmicamente, que una y otra vez tenían que recordarse la existencia del comensal del otro lado, por cortesía. La rodilla de ella se apoyó momentáneamente en la recuperada rodilla de él sin que al parecer se percatara para remachar una afirmación, le palmeó con fuerza el dorso de la mano.

 

Lo que queda por vivir, J. Updike, Barcelona, Tusquets, 1997. Pp. 253-254

 

  Nepomuceno, que a la segunda negativa de Marta, acompañada de una mirada y una sonrisa de inteligencia para él, acabó de comprender, agradeció con todas sus entrañas el 'sacrificio' que en su favor se hacía y se hubiera derretido de gusto, a no estarlo ya, gracias a la proximidad 'vertiginosa' de la alemana y a las cosas espirituales y no espirituales que ella le estaba diciendo y, sobre todo, gracias a ciertos tropezones que de vez en cuando, bastante a menudo, daban las rodillas con las rodillas.

 

Su único hijo, L. Alas Clarín, Madrid, Espasa-Calpe 1990. P. 227

 

  Una noche en la tertulia de Visitación Olías de Cuervo, Obdulia le había tocado con una rodilla en una pierna. Él no había retirado la pierna ni ella la rodilla él había tocado con el suyo el pie de la hermosa, y ella no había retirado...

 

La Regenta, L. Alas Clarín, Orbis, 1994. P. 27

 

Texto enviado por Felipe Zayas.

Otras señales e indicios de amor, patentes para el que tenga ojos en la cara, son: la animación excesiva y desmesurada el estar muy juntos donde hay mucho espacio el forcejear por cualquier cosa que haya cogido uno de los dos el hacerse frecuentes guiños furtivos la tendencia a apretarse el uno contra el otro el cogerse intencionadamente la mano mientras hablan el acariciarse los miembros visibles, donde sea hacedero, y el beber lo que quedó en el vaso del amado, escogiendo el lugar mismo donde posó sus labios.

  Abu Muhammad Ali Ibn Hazm, El collar de la palo ma.

 

 

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